¿Por qué el Cristiano Peca?
Fecha Saturday, 04 September a las 21:10:27
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¿Por qué el Cristiano Peca? Un Análisis del Engaño de la Gracia Barata

Por John L. Sandford

Creo que una de las más grandes razones teológicas por la que los cristianos nacidos de nuevo se han vuelto insensibles y descuidados acerca del pecado en estos días, es que hemos caído en un engaño que muchos llaman "la gracia barata".

No es simplemente que hemos predicado correctamente la gracia y el perdón del Señor Jesucristo y que erróneamente hemos pretendido pasar por alto su severidad en el juicio.

El desbalance en la presentación del evangelio puede inducir a algunos a pensar que ellos pueden hacer cualquier cosa y que Jesús simplemente los limpiará.

Creo que hay involucrado un error mayor, mucho más dañino para la moral cristiana.

El engaño es que el perdón quita cualquiera y todos los efectos del pecado, que no habrá más consecuencias de ese pecado, ya que Jesús nos ha perdonado y que, además, ese perdón quita la necesidad de una disciplina.

Cuando los cristianos se tragan ese engaño, están tentados a pensar que pueden hacer cualquier cosa con impunidad, porque Jesús se hará cargo de ello y eso será el fin de todo. Esto es lo que queremos decir con "la gracia barata".

La gracia barata no es el evangelio de las buenas nuevas, ni tampoco es justificable en las Escrituras. De alguna manera hemos tomado la falsa idea de que podemos cometer cualquiera clase de pecados horrendos y que después que pronunciamos la palabra mágica "perdóname", ¡ninguna clase de daño o castigo vendrá a continuación! Este es un horrendo engaño, especialmente en cuanto a pecados sexuales entre creyentes.

Si un hombre cae en el adulterio, ha degradado la gloria de su hermano (1 Tesalonicenses 4.6). Habrá destrucción y pérdida, ¡no importa cuán completo sea su arrepentimiento ni cuán completo sea su perdón y restauración!

Parte de la tragedia es que una porción del esplendor del ministerio de ese hombre se ha ido para siempre. Puede continuar sirviendo, quizás con mucho éxito. Pero su pureza ante el Señor se ha perdido. No puede recuperarse.

Pero también caerá el castigo. Nos hemos asombrado al ver cómo con frecuencia cae cierto tipo de maldición sobre la vida de estos hombres, la cual ningún exorcista ni ninguna cantidad de oraciones pueden levantar.

Lo más común es que desde ese momento sus finanzas se encontrarán en constantes problemas. ¡Lo más triste de todo es que con demasiada frecuencia vemos que la tragedia golpea la vida de sus hijos! ¿Recuerda lo que pasó con el rey David cuando cometió adulterio con Betsabé?

Aunque fue perdonado, el castigo llegó a través de la muerte de su hijo: "Y Jehová hirió al niño que la mujer de Urías dio a David" (2 Samuel 12:15). ¡Muertes y tragedias merodean las familias de aquellos que caen en el adulterio!

Alguno podrá preguntar: "¿Cómo podré amar a Dios si golpeará a mi hijo por los pecados que yo he cometido? ¿Cómo puede ser justo esto?"

Aquí existen por lo menos dos confusiones. Primero, fallamos en comprender la colectividad de la vida que vivimos en Cristo. El hecho de que Dios haya golpeado al hijo de David no significa que haya deseado hacerlo.

Las Escrituras hablan de un modo personal cuando se refieren a temas legales de la cosecha. "Dios hirió..." significa que la ley de la siembra y la cosecha se había cumplido en el hijo de David. ¿Cómo puede ser justo eso?

Todos los avances en la medicina que gozamos en estos días, que salvan nuestras vidas y nos bendicen con salud y gozo, son regalos que cosechamos inmerecidamente de las obras de nuestros ancestros.

Igualmente, toda la tecnología que nos viste, calienta nuestras casas, impulsa nuestros automóviles y nos da a veces dudosas bendiciones de televisión, es herencia de nuestros ancestros, totalmente inmerecida por nosotros.

¿Podemos decir que es justo para nosotros cosechar las bendiciones de nuestros ancestros pero injusto cosechar las maldades que ellos sembraron? Así sufren nuestros hijos cuando pecamos. Dios está más apenado que nosotros cuando ocurre esta clase de daño. La segunda confusión tiene que ver con el castigo o el carácter vengativo. Puede parecerle a algunos como si Dios tenía que descargarse con alguno, y eligió a aquel pobre e inocente hijo de David. O en algunos hijos de la época moderna que sufren porque sus padres cayeron en diversos pecados.

"En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor" (1 Juan 4:18).

Dios no es vengativo. Nosotros proyectamos en Dios nuestros resentimientos no curados hacia figuras de autoridad que nos castigaron, quizás demasiado dolorosa y abusivamente.

Cualquiera que es "perfecto en amor", ha podido ver la verdadera fuente de sus confusiones y temores, y es liberado por el poder de la cruz para ver a Dios como es El realmente, puro y bondadoso amor ilimitado para todos nosotros.



No hemos querido darnos cuenta de que los pecados que hemos cometido afectan drásticamente a nuestros hijos. Varias veces he citado a Oseas 4:6: "Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento". Escuche la última parte de ese versículo: "Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos".

Jesús nació de padres que algunos podían suponer que habían fornicado, ¡precisamente para levantar la maldición que pesaba sobre la humanidad!

Con todo acierto pensamos que El pagó el precio una vez por todas. Pero la tragedia es que llevamos tan lejos la misericordia que borramos la disciplina de Dios, la cual es también su amor por nosotros.

Donde quiera que la falta de arrepentimiento no permita el perdón, el pleno peso de la ley de la siembra y cosecha descenderá sobre nuestros hijos.

Creo que quizás todos nosotros hemos vistos ejemplos en los cuales, aunque los padres han dicho que se arrepintieron y que recibieron el perdón de sus pecados, ¡cosas terribles cayeron, sin embargo, sobre la vida de sus hijos! Sólo cabe la pregunta: ¿no fue su arrepentimiento lo suficientemente profundo y por eso cosecharon la ley?

Donde quiera que lo permita la plenitud del arrepentimiento, la cruz de Cristo cumple con la necesidad de la cosecha. La ley impersonal de Gálatas 6:7 está satisfecha personalmente por la expiación de Jesús en la cruz.

Pero la misericordia de Dios no quita el castigo. Su castigo caerá, sin embargo, sobre el pecador.

Yo sé que el Cuerpo no desea oír esto. Hemos creído demasiado tiempo en la gracia barata. Pero es realmente muy simple. Cuando yo era un niño, si mi padre me sorprendía en algún pecado, me sentaba para decirme: "Jackie, quiero que sepas que tu madre y yo te hemos perdonado, y que te amamos, pero ahora debo darte una zurra". El perdón no significa que el castigo será eliminado. Es más, significa que porque me aman, tendrán que escribir en mi corazón, con el dolor del castigo, lo que he fallado en aprender de una manera fácil.

¡Debo volver a decirlo de otra manera, para que lo comprendamos perfectamente! ¡De alguna forma hemos llegado a pensar que la sangre de Jesús lavará todos nuestros pecados, y que nada terrible podrá suceder una vez que nos hemos confesado y que hemos sido perdonados!

Déjenme repetirles, hermanos y hermanas, ¡esto es un terrible error y engaño! La sangre lava nuestra culpa y restaura nuestra comunión, y finalmente nos dará el cielo; ¡pero no detiene la mano disciplinadora de Dios!

Recuerden que hablamos de pecados como el adulterio en cristianos nacidos de nuevo.

Una de las mayores razones por las cuales los cristianos hoy pecan tan notoriamente, es porque no conocen a Dios como verdaderamente es.

La tragedia es que los cristianos actuales no entienden la bendición de la disciplina (véase: Hebreos 12:5-1l).

Por medio de la disciplina –y otros toques de amor– nuestro amante Padre celestial cumple la promesa de su pacto: "Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón" (Jeremías 31:33). A fuerza de disciplina, nos prepara para la eternidad.

La disciplina es severa o suave, según el grado de intención del pecado cuando conocemos lo que es bueno y lo que es malo: "Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco" (Lucas 12:47-48).

Note que esto significa que los líderes cristianos, que conocen mejor, recibirán "muchos latigazos". Y aquellos que no saben tanto, recibirán "unos pocos". ¿Por qué? Porque Dios nos ama y debe escribir en nuestros corazones esas lecciones que nos mantendrán apartados de caer nuevamente.

La disciplina es áspera o suave, dependiendo del grado de dolor y sufrimiento que el Señor sabe se requiere para que el peso de su gloria obre en nuestros corazones.

"Para el descarriado, disciplina severa; para el que aborrece la corrección, la muerte" (Proverbios 15:10, NVI).

"¡Cuán dichoso es el hombre a quien Dios corrige! No menosprecies la disciplina del Todopoderoso. Porque El hiere, pero venda la herida; golpea, pero trae alivio" (Job 5:17-18, NVI).

Estoy consciente de que esta enseñanza suena dura y amenazadora, y que muchas personas se preguntarán: "Bueno, si de todas maneras sigo ‘recibiendo’ por mis pecados, ¿qué hizo de bueno el perdón?" La pregunta misma es una evidencia del abandono nuestro de las Escrituras. El debido castigo por todos los pecados es la muerte; ¡no nos merecemos nada mejor! "El alma que pecare, esa morirá" (Ezequiel 18:4). Véase también Génesis 2:17 y la advertencia de Ezequiel 18).

El perdón significa redención; Jesús murió por nosotros.

El perdón significa restauración a la comunión con Dios y con la humanidad, y así sucesivamente a través de un gran catálogo de bendiciones. Pero el perdón no significa que siempre nos vayamos impunes.

Es tiempo, y tiempo pasado, para que redescubramos la firmeza del amor de Dios para nosotros, y de que nos detengamos de presumir la gracia de Dios mediante nuestra frivolidad acerca del pecado.

El perdón no solamente expresa la gracia de Dios y sana nuestros corazones; también nos capacita para recibir la disciplina por el amor que es y de beneficiarnos con ello, como es la intención de Dios.

El Cuerpo de Cristo debe dejar de abusar de la gracia de Cristo. Debemos recobrar el santo temor y respeto de Dios y sus leyes. No conozco otro antídoto para ese abuso que el de que hablo aquí, y la determinación de poner las leyes de Dios en nuestros corazones para que no volvamos a pecar contra El (ver Salmo 119:9-16).

Tomado del libro: POR QUE ALGUNOS CRISTIANOS COMETEN ADULTERIO, EDITORIAL BETANIA.







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